PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA
ANÁLISIS
La Historia de Israel es muy antigua y fecunda en acontecimientos que despiertan, en general, el interés de los pueblos, especialmente de los cristianos. A mí, por muchas razones, pero sobre todo por una, Jesús de Nazaret, siempre me ha fascinado.
La Biblia, tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento; las homilías, la prensa, la radio y la televisión hablan continuamente de Israel. Películas y reportajes sobre Palestina no faltan. Desgraciadamente, en la actualidad, la lucha entre palestinos y judíos acapara, casi todos los días, los medios de comunicación, y esto parece no tener fin. ¿Llegará alguna vez la paz a esta tierra atormentada?
A mi me gusta viajar. Me gusta admirar y gozar del paisaje, del laberinto de montañas, de las llanuras que se pierden en el horizonte lejano, de las vistas panorámicas, de los valles encajonados entre montañas, del aire puro, y, también, de los lugares donde se vivieron hechos históricos, de la cultura de otras naciones y civilizaciones. Por tanto, el viaje a Israel prometía satisfacer todas mis aspiraciones.
Por otra parte, en Israel, se encuentran las raíces de la religión cristiana. Allí, vivieron: Abraham, Noé, Jacob, José, Josué, David, Salomón, Sansón y otros muchos personajes bíblicos cargados de historia y de misterio.
Pero Israel me interesa, sobre todo, por que allí nació Cristo. En Palestina, vivió, anduvo por sus caminos, montes, desiertos, llanuras, riberas y vaguadas; predicó su evangelio, hizo milagros, fue aclamado, luego torturado, escarnecido, condenado a muerte y crucificado. En Israel, finalmente, resucitó, y este hecho, para mí, que considero a Cristo como el modelo a seguir: “ Yo soy el comino, la verdad y la vida”, no podía dejarme indiferente.
Poder visitar y recorrer las tierras que Él recorrió, las tierras donde se localizan los acontecimientos que Él protagonizó, pisar con mis propios pies, los caminos que Él pisó; ver los horizontes que Él vio, me atraía; sentía como una imperiosa necesidad de ir allí. Además, esperaba que esta vivencia superase, con mucho, a lo que imaginaba, o a cualquier narración, fotografía, vídeo película..., que me presentaran.
Por otra parte, estaba seguro que, al contemplar los lugares que Él contempló y recorrer los caminos que Él recorrió, estaría en mejores condiciones para comprender los pensamientos, sentimientos y emociones que Él experimentó y la doctrina que nos enseñó.
La tierra que tantos cruzados y millones de peregrinos de tantas naciones del planeta, a lo largo de tantos siglos, en condiciones precarias, visitaron y hasta dieron su vida por defenderla, a mí, me interesaba.
Una y otra vez pensaba: ¿Qué tiene este pueblo, qué tiene esta tierra para que todo esto sucediera allí? ¿ Por qué Dios eligió este pueblo y esta tierra para que se desarrollaran allí tales acontecimientos? Todos estos pensamientos tenían tanta fuerza que me arrastraban a realizar este viaje.
Al finalizar el primer día de peregrinación, después de visitar Tel Aviv, Haifa, Monte Carmelo, Nazaret, Caná de Galilea y recorrer la llanura de Sarón, el guía nos convocó, a las ocho de la tarde, después de cenar, a una reunión que tendría lugar en una sala del hotel.
La sala era amplia y alargada. En las sillas, colocadas en círculo, nos sentamos los peregrinos, expectantes y atentos a lo que el guía nos quería comunicar. Dijo que nos reunimos para conocernos mejor; que cada uno se presentara diciendo: su nombre, nación y ciudad de origen y motivo personal de su peregrinación a Israel.
La presentación empezó por un peregrino uruguayo de ochenta años de edad, que andaba solo por el mundo y muy lejos de su hogar; que era calvo, alto, más bien grueso, tez morena, pecoso por la edad, mirada profunda, grave de expresión, discreto, inteligente, culto y cordial, y, de cuando en cuando, un tanto socarrón. Empezó diciendo: que había sido muy feliz en su ya larga vida temporal, siempre en compañía de su amigo y compañero, Jesús, que nunca le abandonó, y que, presintiendo próximo el final de su vida, quería, antes de morir, conocer la tierra donde Él nació y vivió, y recorrer los caminos que Él recorrió y ver los lugares donde habitó. Sus pensamientos, que coincidían , en gran parte, con los míos, me animaron y, a la vez, fueron para mí como un estímulo y motivo de satisfacción. Me pareció muy hermosa su frase.: ” en compañía de su amigo y compañero, Jesús, que nunca le abandonó”.
Una joven de Madrid, más bien baja, algo gruesa, morena, ojos y mirada profunda, reflexiva y discreta, que en un convento podría entrar, dijo que venía en busca de ayuda para ver con claridad si cruzaba o no el lago ( entrar o no en un convento ); decidir qué rumbo, qué camino, a qué iba dedicar su vida. ¡Qué alma tan grande, que, en la flor de su vida, piensa entregarse en cuerpo y alma al servicio de los demás!. Solamente buscaba ayuda para tomar la mejor decisión.
Un hombre español de mediana edad, profesor de castellano en las lejanas tierras de Japón, discreto, pensativo y meditabundo, dijo que iba a olfatear de que iba aquello, que le podía interesar.
Tres señoras chilenas, dos entradas en años, y otra de mediana edad. Una, dijo que dejaba marido e hijos, encarcelados en su tierra natal y en busca de ayuda del buen Dios, misericordioso iba a pedir en su tierra natal; otra, la más joven, de tez morena y padre árabe, dijo que venía en busca de sus raíces; la tercera, manifestó que venía a cumplir la ilusión de su vida: había pedido a la Virgen María que todos los obstáculos le pusiera o facilidades le diera en el caso de que le conviniera o no realizar aquel viaje, y que allí estaba.
Un señor de Guadalajara, cumplidos los cincuenta años ya; más bien grueso, bajo, empedernido charlatán, extrovertido sin límites, como pocos hay igual, fe literal, sin matizaciones, en la Biblia; dijo que le habían tocado quinientas mil pesetas en la lotería nacional y que venía, con gran alegría y satisfacción, a realizar el deseo de su vida: visitar la tierra del Maestro. Pablo era su nombre, por su modo de ser, conocido por todos los peregrinos sin dudar.
Un señor de Zaragoza, cumplidos los setenta años ya. Llevaba gafas, poco pelo en la cabeza, arrugas en la cara, consecuencia de la edad; le acompañaba un sobrino de mediana edad; él venía a cumplir la promesa que un día quiso hacer. Su sobrino quería conocer aquella tierra, acompañar a su tío y a ver lo que pasaba en su espíritu, abierto a la verdad.
Cuatro jóvenes peregrinos de Galicia, de la ciudad de Ferrol: dos mujeres y dos varones, dijeron que venían a conocer Tierra Santa en viaje: quizás, mitad religioso, mitad, cultural. Su inquietud les trajo hasta esta tierra, quien sabe si por inspiración celestial.
Otros peregrinos dijeron que en este viaje buscan la conversión a Cristo en su tierra natal. Cada uno relató lo que le impulsó a realizar este viaje tan excepcional.
Mi hermano Amadeo, que a mi derecha estaba, dijo que era sacerdote y que hacía siete años este viaje realizó ya; ahora venía, a profundizar en el mensaje de Cristo, aquí en su tierra natal, y acompañar a sus hermanos, Laura y Antonio, que a su izquierda estaban.
Con estas, me llegó el turno para mi motivo relatar. Dije: vengo a cumplir un deseo que me urgía realizar. Quiero saber el por qué cuando escucho, leo, la palabra Israel, algo, en lo más profundo de mi alma, nace, me atrae, sin que pueda explicar bien el motivo de mi estado emocional. Pero sobre todo, vengo, porque deseo conocer los escenarios, y recorrer las tierras donde Cristo nació, creció, trabajó, predicó su evangelio, curó a enfermos, hizo bien a todos y, no obstante, fue juzgado, crucificado, muerto y sepultado, resucitando y subiendo a los cielos. ¡Cómo no venir aquí, a la tierra de quien es “ la luz, el camino, la verdad y la vida”, el modelo que debe inspirar mis actos y conducta, para penetrar mejor en su mensaje!
Laura, que estaba a mi izquierda, dijo que vino, al principio, sin gran convicción; pero que ahora estaba contenta de haber emprendido este viaje .
La reunión terminó a las nueve. El sol, a las seis y media, hora local, ya en el horizonte se había ocultado; la temperatura, ahora, era agradable; la piscina del hotel con sus aguas transparentes, azules, serenas y templadas, bien iluminada, parecía que reclamaba, insistentemente, que la disfrutáramos, que la gozáramos, que nos deleitáramos en sus cálidas aguas y recuperamos las fuerzas gastadas durante un largo día de intensas emociones ...
En los días siguientes, visitamos: Las Iglesias del Primado de San Pedro, Multiplicación de los Panes y los Peces, Bienaventuranzas, Cafarnaúm; navegamos por el Lago Tiberíades, subimos al Monte Tabor, renovamos el bautismo en el río Jordán; estuvimos en Jericó, Qumran, Mar Muerto, desierto de Judea, Jerusalén ( Muro de las Lamentaciones, Mezquitas del Aksa y Omar, Piscina Probática, Iglesia de Santa Ana, Capilla de la Flagelación, Vía Crucis, Basílica del Santo Sepulcro ( Calvario, Santo Sepulcro), Monte de la Ascensión, Iglesia del Paternoster, Dominus Flevit, Getsemaní, Tumba de la Virgen y de David, Iglesia de la Dormición, Cenáculo, San Pedro “ In Gallicantu”, Litóstrotos, Ain Karem, Betania, y Belén).
El guía, padre Emérito, nos había dicho: peregrinar es salir del hogar, de una patria, de un lugar; es ponerse en camino para ir a algún sitio, en este caso, a donde Dios se manifestó de modo especial.
Añadió que este era un viaje para experimentar, para vivir una experiencia a corazón abierto, para entrar en el mensaje que se realizó en esta geografía de redención, donde se vivieron los acontecimientos históricos más relevantes del cristianismo.
Concluyó diciendo que teníamos que ayudarnos mutuamente, no pensar sólo en uno, pensar en los demás; vivir en armonía, con alegría, gozo e ilusión, atentos a los pequeños detalles: esto se llamaba pequeña ascética.
Pronto me di cuenta que cada peregrino del grupo vivía la experiencia de modo singular.
Los jóvenes gallegos, aunque parecían atentos a las explicaciones del guía, hacían la peregrinación un poco a su aire: a veces, se ausentaban, no acudían a las visitas programadas, salían casi todas las noches a divertirse en las discotecas de Jerusalén…
Todos ellos se mostraban expansivos, se les notaba que el gozo le inundaba el corazón: eran un torbellino, una cascada de alegría. Tenían un picante atractivo, espíritu aventurero, anhelos de volar, sin ninguna traba, sin ninguna limitación. Sin duda, parecía que querían llevar, durante aquellos días de peregrinación, una vida febril y apasionada, gozar de la libertad sin trabas.
Les encantaba el placer de la búsqueda y navegar a la aventura. Sentir el escalofrío del riesgo. Probablemente, consideraban que la vida era una gran aventura digna de ser vivida: para ellos, lo que hacían, era vivir y lo demás, vegetar. Seguramente, pensaban que el mundo, sin una vida como aquella, era como un páramo inhabitable.
A veces, se apartaban del grupo, se arrullaban, cuando consideraban que no eran observados. Andaban cuchicheando muy juntitos, intercambiándose sus secretas confidencias. Hablaban en melosos y zalameros tonos y se dirigían requiebros de todos los gustos, melífluas sonrisas y melancólicas miradas.
La suavidad, la dulzura, las caricias eran los medios que utilizaban con arte de maestros.
Parecían indiferentes a todo lo que no fuera aquella vida que llevaban. Probablemente, consideraran que renunciar a aquella vida y vivir de conformidad con las normas de la peregrinación y de la moral era el suicidio por asfixia. Ellos buscaban el gozo sin tregua, el placer sin medida, dejándose llevar por las veleidades de sus caprichos, la fuerza de la inercia, las costumbres y las modas.
Tal vez, su peregrinación era sólo un pretexto para realizar aquel viaje cultural o para disfrutar de la aventura. No sé si, de cuando en cuando, sentirían remordimientos o le mortificarían ideas religiosas y morales más sutiles y profundas; no sé si creerían que lo que estaban haciendo era correcto o no; no sé si se sentirían, a veces, secos y vacíos por dentro; no sé si aquello era la máscara y la realidad íntima de sus vidas otra cosa bien distinta; ni siquiera sé si se planteaban estas cuestiones; pero lo que si sé, es que, durante los días que duró la peregrinación, aparentemente, no se apreciaba en ellos ningún signo que supusiese un cambio en su conducta. Tal vez, pensarían que eran muy jóvenes, que tenían toda una vida por delante , que tenían derecho a disfrutarla sin ningún tipo de limitaciones morales, sin ningún tipo de renuncias, o que esas ideas y remordimientos, en caso de tenerlas, eran cuestiones que podían esperar y plantearse más adelante, pero no ahora. Estaban allí para principalmente disfrutar.
También podría suceder que toda aquella felicidad que, aparentemente, estaban viviendo, no impidiera que, en la soledad consigo mismos, se sintieran huecos y vacíos, por dentro.
La joven que buscaba ayuda para ver con claridad si cruzaba o no el lago, ingresar en un convento o no, era un caso bien distinto. En una tertulia, alrededor de la mesa, después de comer en Nazaret, había manifestado su inquietud por los interrogantes fundamentales de la vida: de dónde vengo, a dónde voy y que sentido tiene la vida. Creía que la vida tenía que tener un sentido y éste no podía ser el vacío y la nada. Pensaba que la vida consistía en realizar un proyecto, recorrer un camino a cuyo final se encontraba el objetivo para el cual habíamos venido a este mundo. El sentido de la vida no podía consistir únicamente en disfrutar de los placeres de esta vida, que, además de pasajeros, son perecederos. Para ella, el sentido de la vida no podía desligarse de la fe y la esperanza en algo más grande, en un destino futuro más allá de esta vida, en algo permanente y eterno. Para alcanzar este destino, pensaba que había distintos caminos. Constituir una familia, educar correctamente a los hijos, trabajar honrada y honestamente, ayudar al prójimo…, sin duda, eran caminos adecuados para alcanzar dicho fin. Pero entrar en una institución dedicada específicamente a atender las necesidades de los demás, entregarse en cuerpo y alma a esa causa, abrasarse en amor al prójimo, abrasarse en fuego divino, sin ligaduras, trabas ni impedimentos de ninguna clase, creía que podía facilitarle las cosas. Por eso, buscaba ayuda para decidir cual era el mejor camino para alcanzar su destino, buscaba luz en la oscuridad que, a veces, la rodeaba; quería entrar en el camino de la perfección, satisfacer las ansias de su alma ardiente, dedicar toda su vitalidad a una sola aspiración: engrandecer su alma, mediante la entrega a Dios y al prójimo: ese era el motivo que la había llevado hasta allí, el motivo por el que estaba haciendo aquella peregrinación. Dijo que su decisión había sido muy meditada, decidida y valiente.
Esta joven, de unos 20 años, era afable, aunque seria y de pocas palabras, prudente y mesurada, discreta; dulzura y ternura inefables, honrada, inocente, virtuosa, espiritualmente grande, tímida y reservada. Tenía fe y esperanza infinita, caridad sin límites, espíritu fraternal y caritativo, alma bien templada, fe sencilla y misteriosa, luminosa inteligencia y una tenacidad admirable. Parecía una fortaleza inexpugnable. La prudencia y el sigilo eran sus dotes naturales.
La vida, con sus claroscuros y contrastes, por dentro llena de emociones, también la tentaría, pues era de carne y hueso. Sin duda, tendría que emplear todas sus fuerzas para resistir a las tentaciones; pero ella conocía de las trampas del mundo, de las redes sutiles que le tendía el enemigo, de las victorias sobre la carne; comprendía que la vida, a veces, tenía destellos de bisutería y era una joya falsa. No quería ahogarse en aquel ambiente de necedad. Ella poseía una voluntad de acero y sabía que la virtud era la belleza del alma, esperaba en un más allá feliz. Minar aquella fortaleza no era fácil.
Las miserias humanas, las pasiones, los deseos ardientes, las contrariedades…; todo se ahogaba en aquel amor divino y humano al que quería dedicar su vida. Su alma día a día se pulía y se hacía, cada vez, más grande, consagrándose a aquel amor puro, a aquel amor grande. Las explicaciones del guía, que dejaba caer como rocío en el alma, los cantos dulces y melancólicos que se entonaban en la peregrinación, también la animaban y empujaban.
Ella estaba enamorada de Jesucristo, le amaba con amor infinito, con aquel amor intenso que devora a quien ama: se derretía de amor y admiración por Él, porque Él era la luz, la perfección, el camino, la verdad y la vida y , no obstante, siendo quien era, se hizo tan humilde que se dejó pisar por todos como las piedras, sufrió, por todos, un espantoso dolor que rebosa el sufrimiento y se entregó a la muerte por nuestra salvación.
Aquella imagen de dolor infinito de Jesús le atraía. Al contemplarle, su espíritu se inundaba de luz y alegría que todas las desdichas del mundo no podían oscurecer ni turbar. ¿ Quién sino Él, había sembrado aquella inquietud y piedad en su alma ? No podía ser ingrata con Jesús, de ahí su determinación de dedicar su vida al servicio de Dios y al servicio del prójimo. Estas obras eran las únicas que tenían importancia y sentido. Lo demás, puro engaño, bisutería, humo. Por eso, se encontraba haciendo aquella peregrinación.
Otro grupo de peregrinos en el que se encontraban, probablemente, la mayoría, lo constituían aquellos que hacían el viaje para olfatear de que iba aquello, para ver lo que pasaba en su espíritu, al pisar la tierra del Maestro y escuchar allí su mensaje, y los que aspiraban a vivir una nueva vida conforme a la doctrina del Evangelio.
Estos peregrinos, de entre 30 a 50 años, daban la impresión de ser gente sosegada y tranquila. Permanecían atentos a las explicaciones del guía y, de cuando en cuando, parecían estar sumidos en hondas meditaciones.
Seguramente, tenían anhelos de perfeccionamiento y superación y querían engrandecer su alma, hacerla más digna y excelsa; y esta peregrinación, en la tierra del Maestro, era, sin duda, el marco adecuado para contribuir a lograr este objetivo.
Posiblemente, en su vida, se sintieron atraídos y tentados por los placeres, pasiones y encantos de este mundo; viéndose cautivados, llevados y zarandeados por la seducción, deseando gozar intensamente, en plenitud, de la libertad y de la vida: llevar una vida febril y apasionada. Lo más probable es que, cuando sus ideales se mezclaban y confundían, cuando sus nociones morales se deslucían, cuando los resortes de su voluntad se aflojaban, entonces se dejarían seducir por las pasiones, ensueños, encantos y tentaciones de este mundo.
Sin embargo, pasados aquellos breves momentos de flaqueza de la voluntad, de descuido y de pereza, tal vez, una inmensa soledad invadía su alma; tal vez, sintieron asco de si mismos, tal vez, se sintieron contrariados, incómodos, irritados, desanimados, llenos de aflicción, náufragos y aturdidos en aquel mar de contradicciones ; la sequedad y aridez de su alma, el vacío angustiante, seguramente, les atormentaría a menudo. Pues la historia de sus tibiezas les comería y minaría el alma.
En aquella cerrazón de espesas tinieblas, de cuando en cuando, nacería un rayo de sol que les transformaría, pasando de la aridez y el hastío negro y frío a una región de luz y de calor que penetraba hasta lo más profundo de sus entrañas.
Entonces sentirían como una rebelión en el alma, algo trascendente que dentro de sí despertaba; una luz misteriosa y brillante que les empujaría a no dejarse vencer, a luchar para salir de aquella existencia triste e inútil. Querrían verse libres de aquella esclavitud y pesadilla que les mortificaba y les desgarraba por dentro; de aquel mundo de flaqueza y vida disoluta, porque, seguro, que en sus almas quedaba una semilla durmiente, un rescoldo adormecido que esperaban la ocasión para manifestarse y transformarse en llamaradas fulgurantes que sacarían a sus almas angustiadas de aquel hastío aniquilador, y las remontaría airosas a un reino lleno de luz.
Pero pasado un tiempo, otra vez, la debilidad asomaría a sus almas con todos sus resabios de incoherencia y ligereza; el tormento de las tentaciones y la duda volvería a surgir pujante y vigoroso. Entonces, aunque el vicio y el embrutecimiento les repugnara hasta darles náuseas, volvían a las andadas: otra época de luchas intensas, de aridez y rebelión, volvía a renacer; otra vez su mente se poblaba de mil imágenes, a la vez que, el silencio se convertiría en enjambre de ruidos interiores. Aquella turbadora insistencia mantendría a sus almas prisioneras con cadenas invisibles, al tiempo que su fe se desmoronaría. Querrían luchar contra aquel oleaje de pasiones, pero aquello, en aquellas circunstancias, sería como agua del mar para un sediento.
Las poderosas intuiciones de la fe que, unas veces, le habían servido de consuelo, ahora se transformaban en tormentos. Aquello era sentirse esclavo de las tentaciones; aquello era una letrina, una cloaca. Pero no todo estaba perdido, pues cada vez que esto sucedía, pensarían que su vida se iba gastando estérilmente, que aquello era una triste existencia, y que era preciso poner definitivamente fin a aquella situación, y recuperar cuanto antes el tiempo perdido. Además, cada dificultad salvada le produciría un secreto deleite y eso era avanzar, caminar en la busca del hombre nuevo: sus almas, cayendo y levantándose, como ciertos metales, se iban puliendo por percusión.
Para salir de este estado de confusión y debilidad, para recorrer el camino correcto que conduce al reino prometido, para pedir ayuda para conseguirlo, estaban en aquella peregrinación.
Finalmente, componían otro grupo personas de entre 60 y 80 años. Unos iban a realizar el deseo de su vida, otros a cumplir una promesa, estos a profundizar en el mensaje del Maestro, aquellos a recorrer los escenarios y caminos que Él recorrió…
Seguramente, los placeres, pasiones, y ensueños de esta vida, en este grupo de peregrinos, habrían perdido la fuerza virulenta de la juventud y de la madurez, y ya se habrían liberado, en buena medida, del tormento de las tentaciones.
Pero las dudas no habrían desaparecido del todo, y sentirían, de cuando en cuando, la sequedad, tibieza y aridez en el alma. Con frecuencia tendrían que luchar contra el tormento de la distracción, la tibieza de su fe y las horas de hastío que tampoco habrían desaparecido por completo.
Sin embargo, buscar el gozo sin tregua, el placer sin medida, la aventura, el sentirse atraídos, tentados y esclavizados por aquel oleaje de pasiones y de tentaciones de otras etapas anteriores de su vida, se habría amortiguado considerablemente.
Los proyectos de su vida estaban ya, en gran medida, consolidados o definitivamente perfilados. Las dudas de qué rumbo dar a sus vidas ya no les mortificaba. En su peregrinación buscaban satisfacer los anhelos de perfeccionamiento y superación de su alma, preparándola con la vista puesta en la esperanza de una vida en el más allá. Seguro que pensaban que, recorrer los escenarios donde vivió y predicó el Maestro, le ayudaría a comprender mejor su mensaje, afianzar más su fe y preparase mejor para realizar el último y definitivo viaje. Este sería, sin duda, el motivo que les llevó a realizar esta peregrinación.
Cuando ya habían transcurrido 6 día de peregrinación y en Jerusalén habíamos visitado los lugares más emblemáticos, después de la cena, los que estábamos en la misma mesa, nos quedamos de tertulia. En nuestras retinas estaban frescos los acontecimientos vividos aquellos días, sobre todo, para mí: el Vía - Crucis, Calvario, Santo Sepulcro y Getsemaní.
Habíamos hecho el Vía - Crucis, recorriendo las calles que Jesús, con la cruz acuestas, había recorrido comino del Calvario. Yo y otros peregrinos, habíamos cargado con la cruz, que llevaba la peregrinación, durante un corto trayecto. Cuando yo cogí aquella simbólica cruz, y pienso que los demás que la cogieron sentirían lo mismo que yo sentí: en lo más profundo de mi alma, se encendía una misteriosa y brillante luz y como una voz que me decía: coge esa cruz, llévala al hombro. Es lo menos que puedes hacer por Jesucristo. Al momento, intuí, con claridad, que tenía que hacerlo. Con aquella cruz al hombro, me sentí transformado, noté una extraña y fuerte sensación, una fuerza interior que arrolladora invadía todo mi ser. Dentro de mí, había despertado algo desconocido que no puedo explicar con palabras. Por defender aquella cruz, en aquel momento, lo daría todo.
Cuando subimos al Calvario, dentro de la Basílica, al lugar donde crucificaron a Jesús y repartieron sus vestiduras y metimos la mano en la hendidura donde introdujeron la cruz con Jesús crucificado, yo sentí que un escalofrío acerado como un puñal atravesaba mi pecho y se me estremecieron las carnes cuando toqué con los dedos el fondo de aquel agujero. A mi mente vino una de las siete palabras que Jesús pronunció desde la cruz: “ Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ¡ Cómo era posible aquello: Jesús clavado en la cruz, sufriendo aquellos terribles tormentos, se olvida de sí mismo y se preocupa por nosotros que le habíamos colocado allí!. ¡ Cómo humanamente podía explicarse aquello!
En el Huerto de los Olivos, donde Jesús pasó las horas más amargas, angustiosas y tristes de su vida, cuando, en la roca de la Agonía, postrado, rostro en tierra, oró, suplicó y exclamando, con fuerte clamor, sangre y lágrimas que empaparon la roca, viviendo en su corazón la tragedia que se aproximaba, dijo : “ Padre si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Los peregrinos vivimos también intensamente aquella tragedia de Jesús.
Todas estas vivencias, y otras muchas, como las del Lago Tiberíades, Muro de los Lamentos, confirmación del matrimonio en Caná de Galilea, y del bautismo en el río Jordán, Belén, etc. etc., estaban frescas en nuestras memorias cuando empezamos la tertulia. Sobre ellas hablamos. Cada tertuliano expuso sus propias impresiones y sentimientos sobre todos estos acontecimientos. Todos coincidíamos en un punto: racionalmente nos era difícil comprender cómo, Jesús, el Hijo de Dios, pudo someterse a aquel tormento, morir crucificado por nosotros, siendo inocente. ¡ Morir crucificado por nosotros que le habíamos colocado allí, en aquel madero! Sólo desde la fe, y desde un amor infinito a los hombres, podía explicarse aquel misterio.
Hablamos, también, sobre las diferentes creencias que tienen los hombres sobre la existencia de Dios y de una vida después de la muerte.
En primer lugar, sobre los que niegan la existencia de Dios, alegando que esta idea ha sido creada por la humanidad para dar algún tipo de respuesta a los misterios de la vida y de la muerte y, por consiguiente, esta idea de Dios para ellos, no es más que un reflejo de las angustias, de los deseos, de las esperanzas y de las frustraciones de los seres humanos y también, de la expresión simbólica de las relaciones de poder y de la sumisión a lo largo de la historia.
Comentamos las posiciones de ciertos científicos materialistas como Weinberg que creen que ni en la vida ni en la inteligencia hay nada que las distinga esencialmente de las cosas inanimadas, como un trozo de roca o una silla, y que el mundo se explica a sí mismo. El Dios de la belleza y de la armonía que a veces vemos en el mundo “ sería también el de las enfermedades genéticas y el cáncer”.
Los que así piensan creen que nada sobrevive a la muerte corporal, excepto la obra que cada uno haya podido realizar en vida: cuadros de grandes pintores, obras de grandes escritores y artistas; escultores y arquitectos notables… Fuera de esto, al morir, todos terminamos siendo polvo: nada perdurará del ser humano tras la muerte.
En segundo lugar, hablamos sobre los que sostienen que ni se puede demostrar que Dios existe ni que no existe, por tanto, ni creen ni dejan de creer: son los agnósticos.
Severo Ochoa solía expresar sus ideas citando a su amigo, el filósofo Xavier Zubiri, diciendo” Zubiri y yo coincidíamos en casi todo, pero el veía a Dios en la creación de la materia, y yo no lo sé”.
E tercer lugar, comentamos sobre lo que dicen, al respeto, algunos de los científicos como:
El premio Nobel, austríaco, Erwin Schrödinger: “ La ciencia es incapaz de explicar mínimamente por qué la música puede deleitarnos, o por qué y cómo una antigua canción puede hacer que nos salten las lágrimas “; sobre su preocupación por lo que ocurre con los yos individuales después de la muerte: ¿ Se terminan completamente ?; sobre si la ciencia puede ayudar a esclarecer algo sobre “ la vida después de la muerte” . Según él, la ayuda más importante aportada por la ciencia en este campo, ha sido “ la progresiva idealización del tiempo”, cuyas etapas decisivas han sido para él Platón, Kant y Einstein. Gracias a estos hombres, dice, se ha conseguido “ una formidable liberalización de nuestros perjuicios” que abre el camino a la creencia, en el sentido religioso, en un más allá. No en la forma de experiencia ordinaria en el espacio ordinario, sino en una en la que el tiempo no juegue ningún papel. Termina diciendo :“ podemos afirmar que la física, en su estadio presente, sugiere fuertemente la idea de la indestructibilidad de la Mente por el Tiempo.
Max Planck, descubridor de la puerta del mundo cuántico, no veía ninguna contradicción entre ciencia y religión; más aún: encontraba convergencias y paralelismos. “ el progreso de la ciencia consiste en el descubrimiento de un nuevo misterio cada vez que cree haber descubierto una cuestión fundamental. La ciencia es incapaz de resolver el misterio último de la naturaleza.
Werner Heisenberg: “ El campo objetivable, conocible por la ciencia, es sólo una pequeña parte de nuestra realidad”.
Michael Faraday, considerado como el mejor físico experimental de la historia: desde la creación del mundo lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las criaturas”, El libro de la naturaleza, que debemos leer, está escrito por la mano de Dios”.
Leonhard Euler, el más grande matemático de todos los tiempo que dice que Dios quiso hacer libre al hombre y por eso es la libertad un atributo tan esencial, aunque dé la posibilidad de hacer el mal y pecar.
ALBERT EINSTEIN, La cumbre más alta del siglo XX:“ Somos como un muchachito que entra en una biblioteca inmensa, cuyas paredes están cubiertas de libros escritos en muchas lenguas distintas. El niño entiende que alguien debe haberlo escrito, pero no sabe ni quién ni cómo. Tampoco comprende los idiomas. Pero observa un orden claro en su clasificación, un plan misterioso que se le escapa, pero que sospecha vagamente. Esa es, en mi opinión, la actitud de la
mente humana frente a Dios” .
En cuarto lugar, sobre los que dicen que un mundo sin Dios parece un absurdo total. ¿ A qué esa sed interior, esa angustia, ese deseo de vida del hombre ? Ese amasijo de sentimientos, inteligencia, deseos, nostalgia que somos, ¿ qué sentido tienen perdidos en el cosmos sin un Dios que al fin de respuesta a tanto deseo, tanto vacío, tanto anhelo?
Y, finalmente, en quinto lugar, sobre los que dicen, como Alfons Balcells, doctor en medicina, que sería absurdo aceptar un cosmos y una humanidad surgidos de la nada o eternamente preexistentes. Cree en Dios porque tienen fe en la Revelación. Un hombre histórico, Jesús, ha proclamado su filiación divina y su Palabra, su Vida, su Pasión, Muerte y Resurrección les parecen incontestables hechos que atestiguan el conocimiento de un Dios personal, Creador y Redentor tal como Él nos lo ha revelado, confirmando las Escrituras. O como Teresa Berganza, cantante de ópera, que dice que Dios da sentido a la existencia, a la entera creación. Sin Dios, el absurdo acompañaría al hombre, desde su nacimiento hasta la muerte.
Puesto que la ciencia no es capaz de demostrar que Dios existe, pero tampoco que no existe, concluimos la tertulia, considerando que la última postura, que es la de la esperanza en un más allá, después de la muerte, de conformidad con los Evangelios, es la más coherente con los anhelos más profundos de la humanidad . Si sinceramente creemos en Jesús: “ Esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida eterna y yo le resucitaré el último día”. “ Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. ( San Juan : 6,40 y 11, 25 - 26 ), la existencia de Dios y una vida más allá de la muerte, no ofrecen duda alguna: todo está muy claro. Pero si no creemos, la duda, la incertidumbre, el vacío y la nada es nuestro triste destino: la vida es un absurdo, no tiene sentido.
Yo personalmente creo en el Dios del Evangelio, que fue el Dios de mis padres, de mis abuelos, de mis antepasados.
Jesús que para los cristianos es la luz, el camino, la verdad y la vida, nos dijo, claramente, como debía ser nuestra conducta en este mundo para alcanzar nuestro último destino: “ Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En la sala de reuniones del hotel, la víspera de regresar a nuestros hogares, los peregrinos tuvimos otra reunión, dirigidos por el guía. El objetivo era que cada peregrino manifestara, libremente, que hecho de la peregrinación le había impresionado más.
Nos sentamos entorno a una mesa ovalada, larga, con capacidad para más de 40 personas. A la reunión, asistimos casi todos los peregrinos. Faltaban los gallegos y el profesor de castellano en Japón. Desconozco la causa de su ausencia. Quizás, fue la despedida festiva de Jerusalén.
El guía dijo que sólo quería saber, y que el grupo supiera, también, lo que más le había impresionado, en esta peregrinación, a cada uno de los peregrinos. Existieron diversidad de opiniones. La mayoría dijo que fue el lago, por su autenticidad, porque, ese mismo lago, fue el que vio Jesús; porque ni el lago, ni el entorno, habían cambiado.
La paz y tranquilidad sentida y vivida, cuando en el lago de Tiberíades paró el barco en que viajábamos para cruzarlo, y, en completo silencio, se realizó la meditación sobre la tempestad calmada y la pesca milagrosa, milagros de Jesús, y cuando otro barco se acercaba a nosotros como si en él viniera Jesús o caminara sobre las olas, fascinó a muchos peregrinos.
Amadeo dijo que, a él, lo que más le impresionó, fue el sentido espiritual que el guía había dado a la peregrinación y el hecho de haber podido matizar, puntualizar, concretar y profundizar en lo que había visto en la primera visita, realizada a Tierra Santa, hacía 6 años, en compañía del padre Sala.
Laura manifestó que la impresionó muchísimo la visita a la cripta de la basílica de la Anunciación en Nazaret, porque, allí, una niña de 14 o 15 años, sabiendo lo que se le venia encima, acepto ser madre de Jesús. Al hacer este comentario, difícilmente, pudo contener las lágrimas.
Yo dije que me resultaba difícil determinar que acontecimiento me impresionó más, porque me impresionaron todos, pero si tenía que destacar, especialmente, algo, ese algo sería el Vía Crucis, el Calvario, el Santo Sepulcro y Getsemaní, pero sobre todo, el Vía Crucis.
Recorrer el camino que Jesús recorrió con la cruz a cuestas hasta el Calvario. La indiferencia de la gente que pasaba por la calle, los comercios abiertos, la vida normal de cualquier día en una calle comercial, mientras nosotros, los peregrinos, nos abríamos paso en medio del gentío, y con nuestros rezos y cantos, con la cruz al hombro, manifestábamos, con firmeza y fuerza en el alma, nuestro testimonio de fe y creencia en Jesús, en aquel entorno que nos ignoraba. Todo esto, me impactó fuertemente, quizá por ser la primera vez, en mi vida, que realizaba un Vía Crucis como éste y en un lugar tan especial. El guía nos había alertado de estas cosas, pero vivir aquella experiencia era infinitamente superior a cualquier explicación teórica.
Estar en el Calvario, dónde Jesús fue crucificado; visitar el Santo Sepulcro, dónde su cuerpo fue depositado y luego resucitó; entrar en Getsemaní, dónde sudó sangre y fue prendido, fueron para mí hechos de una emoción indescriptible.
Otros peregrinos, especialmente dos que eran farmacéuticas, también, manifestaron que el Vía Crucis fue lo que más le impactó.
Algunos se refirieron a los espacios abiertos del desierto, o los cerrados de las cuevas de Belén, Campo de los Pastores, o la travesía del desierto de la Virgen cuando fue a visitar a su prima Santa Isabel.
El peregrino médico destacó la solidaridad y espíritu de ayuda entre los peregrinos.
El señor uruguayo subrayó la ayuda que le habían prestado los peregrinos. Recitó una poesía alusiva al acto; manifestó que las zapatillas que calzaba, cuando llegase a su casa, las quemaría, pues, habían pisado tierra sagrada y no podían quedar de cualquier manera. Dirigiéndose a otro peregrino que era de Guadalajara, le dijo que nosotros no somos pecadores, que cada uno era pecador.
Otro peregrino, entrado en años, acompañado de su sobrino, dijo que la ilusión de su vida, durante muchos años, había sido realizar esta peregrinación; y con mucha emoción, con las lágrimas en los ojos, manifestó que ya podía morir tranquilo, después de haber pisado la tierra del Maestro.
El guía dijo que el comportamiento del grupo le había impresionado, que, al principio, en la presentación, pensó que, dada la diversidad de los componentes del grupo, podía haber problemas y que otros grupos, sobre todo cuando los organizan las parroquias, pueden ser más homogéneos. Pero que, cada día, por la noche, daba gracias a Dios porque veía que el grupo respondía, que iba penetrando en el mensaje.
El padre Ismael manifestó que en su vida había realizado muchos ejercicios espirituales, pero, el mejor de todos, había sido esta peregrinación.
La joven que venía para tomar la decisión de si cruzaba o no el lago ( hacerse monja o no), dijo que la peregrinación le había ayudado a decidirse a cruzarlo.
Yo, oyendo la profundidad y convicción de las contestaciones de los compañeros peregrinos, me admiraba de sus valores espirituales y de los nuevos horizontes que se me abrían a mí.
lunes, 27 de diciembre de 2010
lunes, 20 de diciembre de 2010
RECUERDOS DEL PASADO
RECUERDOS DEL PASADO
Las nueve serían de aquel venturoso día 24 de mayo de 2007, cuando,mi hermano Francisco y yo, salimos de la casa paterna de Mones, dispuestos a recorrer una aventura, digna de ser recordada en los tiempos venideros.
La mañana apareció brillante, soleada y radiante.
Con el coche, de gran cilindrada, de Francisco, cruzamos el pueblo; pasamos por Os Barredos, O Rouso, arroyo de Alhama y alto de Campelo. Aquí nos desviamos por la carretera que conduce a Santaolaia.
Desde a Rectoría, el itinerario es muy pintoresco y presenta cerradísimas curvas .La carretera asciende serpenteando, a veces, entre frondosos pinares, a veces, entre montes poblados de urces, carqueixas, queirugas y carpazos. El coche, conducido magistralmente por Francisco, sube, lentamente, por la estrecha carretera, para que así podamos contemplar las maravillas del paisaje.
Desde O Couto, la vista es aérea y magnifica. Desde aquí, se domina todo el valle de A Rúa y Petín, por cuyo fondo corre el río Sil que reposa en el embalse de San Martín que, desde aquí, luce, allá a bajo, plateado, como un cristalazul. Desde este lugar, también, se disfruta de amplísimas perspectivas y lejanos horizontes y de los pequeños y típicos pueblos serranos que salpican las faldas de las montañas y de los valles, que desde aquí se divisan.
Abro un poco la ventana del coche; el sol entra a raudales por el cristal, a borbotones lo hace la naturaleza y un hilo de viento que tiene un frescor de hierbas aromáticas. Respirar esta pequeña brisa, cargada de ligeros perfumes que pasa sobre la piel de nuestras caras, de una manera tan tierna y suave; esta pequeña brisa en la que flotan ingrávidos perfumes de la tierra, de los arbustos floridos y de los pinos, es una de las cosas más finas y agradables de que se puede disfrutar.
Llegados O Altos das Seixas, dejamos el coche. De aquí, sale una pista forestal que, pasando por Os Chaos, Cabeza do Pao, Campelños, Pradeira das Cuatro Puntas, O Pradiño y Pena Forcada, conduce hasta A Portela do Balado, en la carretera que va de O Barco hasta A Veiga.

Por la faz de la ancha y espaciosa montaña, empezamos a caminar sobre la árida y polvorienta pista forestal que corre muy cerca del antiguo, y ya poco conocido, camino de carros. El camino está desierto: nadie sube, ni baja por él. Del monte nos llega un vasto y dilatado silencio. Allí reina la eterna soledad y el eterno silencio: todo era apacible, ligero y aéreo. La montaña, que, desde la lejanía presenta tonalidades azulado- verdosas, está crecida. Con sus aires puros, sus efluvios vegetales, su olor a tierra, su vegetación balsámica de urces, carqueixas y queirugas, que se mecen suavemente, a la ligera brisa de la mañana, olía, casi mareaba respirarla, con un olor profundo, penetrante, casi hiriente. ¡ Qué vello es el campo de esta vendita tierra nuestra!.
Francisco, mi hermano, hombre soñador, prudente, excelente sentido común y no escasa perspicacia, con una luminosa inteligencia y una tenacidad admirable, con su traje y zapatillas de deporte, más que caminar, por aquella pista, corría como un galgo o como un conejo perseguido. Yo, en cambio, con mi vestimenta ordinaria, metido en carnes y años, arrastraba los pies que me pesaban como el plomo; pero no me falta la voluntad de hierro, capaz de mover montañas con tal de conquistar el objetivo fijado: llegar al prado de Filgueiras.

Francisco no se cansaba de sacar fotos. Quería capturar, con su cámara, no sólo lo físico de aquel maravilloso escenario, sino que se afanaba por captar el espíritu, el alma, el sentido profundo de aquellos parajes.
Yo también sacaba fotos, pero, en aquella hora y en aquel lugar, mi mente era un torbellino. Pensamientos, sentimientos y recuerdos de mi infancia vividos allí, que parecían dormir el sueño de la eternidad, acudían vivos a mi memoria,como un ciclón imposible de contener. El pasado se me hacía presente, con tal fuerza, viveza y frescura que parecía auténtico presente. Supongo que mi hermano vivía una experiencia semejante. Y es que por estos parajes , en mi infancia, fui pastor del rebaño comunal y hasta, en plena cumbre de la montaña, en compañía de otras pastoras, sentí los primeros amores adolescentes; viajando por estos caminos, de día y de noche, dormido, unas veces, tiritando de frío o abrasado por el calor, otras, fui con mi padre y hermano mayor a por urces y torgos a los montes de Santaolaia. En aquellos lejanos tiempos, en Os Chaos, rozamos queirugas, carqueixas y carpazos para el cubil del ganado; por aquí transitábamos con los carros cargados de hierba del prado de Figueiras o de torgos y urces, arrancados a los montes. También otros vecinos iban con sus carros por torgos y urces. La caravana de carros, cargados de leña, cantaban con una música casi divina que se difundía por aquellos montes y vaguadas hasta llegar al pueblo. Yo estaba fascinado, reviviendo aquellas experiencis de mi infancia.
Mi hermano, Francisco y yo, decidimos hacer un alto en el camino para sacar fotografías y, a la vez, contemplar el panorama. Toda la montaña estaba cubierta de urces, pinos, queirugas y carqueixas. Experimentamos las mismas vistas, los mismos perfumes, las mismas brisas, la misma paz y silencio que ya habíamos vivido anteriormente.
Unas grandes masas arbóreas de elegante pompa destacaban en el paisaje: eran los abedules, álamos y cerezos de Fonte Salgueira y A Cafiel, lugares donde antaño abrevaban, en sus fuentes de frescas aguas , los rebaños y los pastores que los cuidábamos

Hacia el este, en el horizonte, contemplamos las antenas de televisión de O Mouzón que se elevaban al cielo azulado. Hasta aquí, llegábamos,antaño, con los rebaños para recoger y comer los arándanos que habitaban por estos parajes. Debajo mismo de nuestros pies, por las mismas entrañas de la tierra, circula el agua que desde el río Jares ( Xares), embalse de Santa Eulalia, un canal transporta hasta el Sil, a la altura de Valencia do Sil. Al sur, observamos las pistas forestales y cortafuegos que se hicieron para, si fuera el caso, luchar contra el fuego y evitar así, la destrucción de la repoblación forestal, realizada en años pasados. Mi hermano comenta que, hace poco tiempo, subió, él solo, por el cortafuegos que teníamos delante, hasta la Fraga Cantariña.
Llegamos al lugar llamado “ Pradeira das Cuatro Puntas”,uno de los lugares más intensamente bellos, completamente cubierto de urces frescas y frondosos pinares. Aquí hay una encrucijada de caminos: uno va hacía Correxais y O Barco; otro, hacia Pena Forcada; éste, hacia Mones; aquél, hacia Santaolaia.

Hacia la vertiente sur, en lontananza, se contempla un laberinto de montañas, de un perfil suavísimo, tocadas por un azul verdoso amoratado, con infinitos matices, que se extiende hasta Peña Trevinca, más allá de A Veiga. Más cerca, en el fondo del verde monte, se vemos el pueblo, semiabandonado, de Santaolaia.
Si miramos a la vertiente norte, la fosa de Valdeorras se presenta profunda y majestuosa . Si miramos hacia el cielo azul, observamos las águilas y gavilanes que reinan , planean y señorean los cielos de estos parajes.
Aquí, en este monte, donde reina la paz y el eterno silencio, el aire me parecía más puro y el cielo más azul. Yo caminaba con más fuerza y respiraba con más libertad.
Este escenario me invitaba a elevar un canto de alabanza al cielo, a la montaña, a las rocas sin vida, y a gozar, con plena libertad, de la vida; disfrutar de la aventura que estábamos viviendo. En este entorno embalsamado, el alma, libre, se siente más cerca del cielo y se remonta airosa hasta un reino lleno de luz, donde sólo reina el amor.
Finalmente, decidimos bajar al prado de Filgueiras; el camino estaba bastante transitable; al pasar por un frondoso pinar, un enjambre de molestas moscas nos mortificaba. Por fin, llegamos al prado de Filgueiras y, al contemplarlo, una tierna y dulce congoja me subía del pecho y me oprimía suavemente la garganta.
No era para menos: desde hacía 50 años, había estado añorando volver a aquel prado, en el que viví sucesos muy relevantes en mi vida juvenil y, ahora, por fin, estaba allí.
Una tromba de pensamientos tumultuosos, que pasaban por mi cabeza cono nube de tronada, traían a mi memoria lo que fue, aquí, mi vida intensa en el pasado. La alegría me inundaba el corazón aquella mañana de aquel fresco día 24 de agosto.
¡ Qué sensación , qué maravilla! ¡ Qué fascinación embargaba mi alma!
Absorto en estos pensamientos que dormían el sueño de la eternidad en mi subconsciente, activé los archivos de mi memoria, los afloré a la superficie y, entonces, recordé los duros días de trabajo de labranza y “ seitura”, siega del centeno, de A Buraca y otras muchas tierras que teníamos en el entorno; recordé las múltiples veces que a la sombra de un “escambrueiro”, espino albar, almorzamos en tiempos de “ seitura” para mitigar, un poco, un sol de justicia que, a esas horas, literalmente abrasaba;recordé las infinitas veces que bebí el agua, fresca como el hielo, del manantial de la poza del prado, recordé las innumerables veces que pastoreé allí el ganado; el suceso vivido con un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara cabreada que por un milagro del cielo no llegó a cornearme y acabar con mi vida; el accidente que tuve en el prado rozando estrado, cortándome dos dedos de la mano izquierda hasta dañar los huesos, y cuyas señales, bien definidas, las llevo hasta la sepultura; y tantos otros sucesos que relato en mi libro“ Toño”.

Mi hermano Francisco y yo, no nos cansábamos de sacar fotografías: del prado, de los entornos, de la poza, poblada de pequeñas hierbas acuáticas y semillena de aguas puras en las que se reflejaba el cielo azul con una nitidez extraordinaria y donde los renacuajos vivían en plena libertad. Queríamos llevar con nosotros lo físico de aquel lugar y hasta el espíritu del prado y de nuestras vivencias allí encarnadas.
El reloj corría y corría, mucho más de lo que deseábamos, ¿ porqué no se pararía? Había que despedirse, no había otro remedio. Era una despedida, quizás, para siempre, una despedida dolorosa, un adiós, quizás, hasta la eternidad.
Francisco inmortalizó esta despedida con la cámara de video.
El regreso fue más suave y aunque yo estaba cansado, me encontraba satisfecho en lo más profundo de mi vanidad: después de 50 años, había vuelto al prado añorado y lo había hecho con dignidad.
Las nueve serían de aquel venturoso día 24 de mayo de 2007, cuando,mi hermano Francisco y yo, salimos de la casa paterna de Mones, dispuestos a recorrer una aventura, digna de ser recordada en los tiempos venideros.
La mañana apareció brillante, soleada y radiante.
Con el coche, de gran cilindrada, de Francisco, cruzamos el pueblo; pasamos por Os Barredos, O Rouso, arroyo de Alhama y alto de Campelo. Aquí nos desviamos por la carretera que conduce a Santaolaia.
Desde a Rectoría, el itinerario es muy pintoresco y presenta cerradísimas curvas .La carretera asciende serpenteando, a veces, entre frondosos pinares, a veces, entre montes poblados de urces, carqueixas, queirugas y carpazos. El coche, conducido magistralmente por Francisco, sube, lentamente, por la estrecha carretera, para que así podamos contemplar las maravillas del paisaje.
Desde O Couto, la vista es aérea y magnifica. Desde aquí, se domina todo el valle de A Rúa y Petín, por cuyo fondo corre el río Sil que reposa en el embalse de San Martín que, desde aquí, luce, allá a bajo, plateado, como un cristalazul. Desde este lugar, también, se disfruta de amplísimas perspectivas y lejanos horizontes y de los pequeños y típicos pueblos serranos que salpican las faldas de las montañas y de los valles, que desde aquí se divisan.
Abro un poco la ventana del coche; el sol entra a raudales por el cristal, a borbotones lo hace la naturaleza y un hilo de viento que tiene un frescor de hierbas aromáticas. Respirar esta pequeña brisa, cargada de ligeros perfumes que pasa sobre la piel de nuestras caras, de una manera tan tierna y suave; esta pequeña brisa en la que flotan ingrávidos perfumes de la tierra, de los arbustos floridos y de los pinos, es una de las cosas más finas y agradables de que se puede disfrutar.
Llegados O Altos das Seixas, dejamos el coche. De aquí, sale una pista forestal que, pasando por Os Chaos, Cabeza do Pao, Campelños, Pradeira das Cuatro Puntas, O Pradiño y Pena Forcada, conduce hasta A Portela do Balado, en la carretera que va de O Barco hasta A Veiga.
Por la faz de la ancha y espaciosa montaña, empezamos a caminar sobre la árida y polvorienta pista forestal que corre muy cerca del antiguo, y ya poco conocido, camino de carros. El camino está desierto: nadie sube, ni baja por él. Del monte nos llega un vasto y dilatado silencio. Allí reina la eterna soledad y el eterno silencio: todo era apacible, ligero y aéreo. La montaña, que, desde la lejanía presenta tonalidades azulado- verdosas, está crecida. Con sus aires puros, sus efluvios vegetales, su olor a tierra, su vegetación balsámica de urces, carqueixas y queirugas, que se mecen suavemente, a la ligera brisa de la mañana, olía, casi mareaba respirarla, con un olor profundo, penetrante, casi hiriente. ¡ Qué vello es el campo de esta vendita tierra nuestra!.
Francisco, mi hermano, hombre soñador, prudente, excelente sentido común y no escasa perspicacia, con una luminosa inteligencia y una tenacidad admirable, con su traje y zapatillas de deporte, más que caminar, por aquella pista, corría como un galgo o como un conejo perseguido. Yo, en cambio, con mi vestimenta ordinaria, metido en carnes y años, arrastraba los pies que me pesaban como el plomo; pero no me falta la voluntad de hierro, capaz de mover montañas con tal de conquistar el objetivo fijado: llegar al prado de Filgueiras.
Francisco no se cansaba de sacar fotos. Quería capturar, con su cámara, no sólo lo físico de aquel maravilloso escenario, sino que se afanaba por captar el espíritu, el alma, el sentido profundo de aquellos parajes.
Yo también sacaba fotos, pero, en aquella hora y en aquel lugar, mi mente era un torbellino. Pensamientos, sentimientos y recuerdos de mi infancia vividos allí, que parecían dormir el sueño de la eternidad, acudían vivos a mi memoria,como un ciclón imposible de contener. El pasado se me hacía presente, con tal fuerza, viveza y frescura que parecía auténtico presente. Supongo que mi hermano vivía una experiencia semejante. Y es que por estos parajes , en mi infancia, fui pastor del rebaño comunal y hasta, en plena cumbre de la montaña, en compañía de otras pastoras, sentí los primeros amores adolescentes; viajando por estos caminos, de día y de noche, dormido, unas veces, tiritando de frío o abrasado por el calor, otras, fui con mi padre y hermano mayor a por urces y torgos a los montes de Santaolaia. En aquellos lejanos tiempos, en Os Chaos, rozamos queirugas, carqueixas y carpazos para el cubil del ganado; por aquí transitábamos con los carros cargados de hierba del prado de Figueiras o de torgos y urces, arrancados a los montes. También otros vecinos iban con sus carros por torgos y urces. La caravana de carros, cargados de leña, cantaban con una música casi divina que se difundía por aquellos montes y vaguadas hasta llegar al pueblo. Yo estaba fascinado, reviviendo aquellas experiencis de mi infancia.
Mi hermano, Francisco y yo, decidimos hacer un alto en el camino para sacar fotografías y, a la vez, contemplar el panorama. Toda la montaña estaba cubierta de urces, pinos, queirugas y carqueixas. Experimentamos las mismas vistas, los mismos perfumes, las mismas brisas, la misma paz y silencio que ya habíamos vivido anteriormente.
Unas grandes masas arbóreas de elegante pompa destacaban en el paisaje: eran los abedules, álamos y cerezos de Fonte Salgueira y A Cafiel, lugares donde antaño abrevaban, en sus fuentes de frescas aguas , los rebaños y los pastores que los cuidábamos
Hacia el este, en el horizonte, contemplamos las antenas de televisión de O Mouzón que se elevaban al cielo azulado. Hasta aquí, llegábamos,antaño, con los rebaños para recoger y comer los arándanos que habitaban por estos parajes. Debajo mismo de nuestros pies, por las mismas entrañas de la tierra, circula el agua que desde el río Jares ( Xares), embalse de Santa Eulalia, un canal transporta hasta el Sil, a la altura de Valencia do Sil. Al sur, observamos las pistas forestales y cortafuegos que se hicieron para, si fuera el caso, luchar contra el fuego y evitar así, la destrucción de la repoblación forestal, realizada en años pasados. Mi hermano comenta que, hace poco tiempo, subió, él solo, por el cortafuegos que teníamos delante, hasta la Fraga Cantariña.
Llegamos al lugar llamado “ Pradeira das Cuatro Puntas”,uno de los lugares más intensamente bellos, completamente cubierto de urces frescas y frondosos pinares. Aquí hay una encrucijada de caminos: uno va hacía Correxais y O Barco; otro, hacia Pena Forcada; éste, hacia Mones; aquél, hacia Santaolaia.
Hacia la vertiente sur, en lontananza, se contempla un laberinto de montañas, de un perfil suavísimo, tocadas por un azul verdoso amoratado, con infinitos matices, que se extiende hasta Peña Trevinca, más allá de A Veiga. Más cerca, en el fondo del verde monte, se vemos el pueblo, semiabandonado, de Santaolaia.
Si miramos a la vertiente norte, la fosa de Valdeorras se presenta profunda y majestuosa . Si miramos hacia el cielo azul, observamos las águilas y gavilanes que reinan , planean y señorean los cielos de estos parajes.
Aquí, en este monte, donde reina la paz y el eterno silencio, el aire me parecía más puro y el cielo más azul. Yo caminaba con más fuerza y respiraba con más libertad.
Este escenario me invitaba a elevar un canto de alabanza al cielo, a la montaña, a las rocas sin vida, y a gozar, con plena libertad, de la vida; disfrutar de la aventura que estábamos viviendo. En este entorno embalsamado, el alma, libre, se siente más cerca del cielo y se remonta airosa hasta un reino lleno de luz, donde sólo reina el amor.
Finalmente, decidimos bajar al prado de Filgueiras; el camino estaba bastante transitable; al pasar por un frondoso pinar, un enjambre de molestas moscas nos mortificaba. Por fin, llegamos al prado de Filgueiras y, al contemplarlo, una tierna y dulce congoja me subía del pecho y me oprimía suavemente la garganta.
No era para menos: desde hacía 50 años, había estado añorando volver a aquel prado, en el que viví sucesos muy relevantes en mi vida juvenil y, ahora, por fin, estaba allí.
Una tromba de pensamientos tumultuosos, que pasaban por mi cabeza cono nube de tronada, traían a mi memoria lo que fue, aquí, mi vida intensa en el pasado. La alegría me inundaba el corazón aquella mañana de aquel fresco día 24 de agosto.
¡ Qué sensación , qué maravilla! ¡ Qué fascinación embargaba mi alma!
Absorto en estos pensamientos que dormían el sueño de la eternidad en mi subconsciente, activé los archivos de mi memoria, los afloré a la superficie y, entonces, recordé los duros días de trabajo de labranza y “ seitura”, siega del centeno, de A Buraca y otras muchas tierras que teníamos en el entorno; recordé las múltiples veces que a la sombra de un “escambrueiro”, espino albar, almorzamos en tiempos de “ seitura” para mitigar, un poco, un sol de justicia que, a esas horas, literalmente abrasaba;recordé las infinitas veces que bebí el agua, fresca como el hielo, del manantial de la poza del prado, recordé las innumerables veces que pastoreé allí el ganado; el suceso vivido con un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara cabreada que por un milagro del cielo no llegó a cornearme y acabar con mi vida; el accidente que tuve en el prado rozando estrado, cortándome dos dedos de la mano izquierda hasta dañar los huesos, y cuyas señales, bien definidas, las llevo hasta la sepultura; y tantos otros sucesos que relato en mi libro“ Toño”.
Mi hermano Francisco y yo, no nos cansábamos de sacar fotografías: del prado, de los entornos, de la poza, poblada de pequeñas hierbas acuáticas y semillena de aguas puras en las que se reflejaba el cielo azul con una nitidez extraordinaria y donde los renacuajos vivían en plena libertad. Queríamos llevar con nosotros lo físico de aquel lugar y hasta el espíritu del prado y de nuestras vivencias allí encarnadas.
El reloj corría y corría, mucho más de lo que deseábamos, ¿ porqué no se pararía? Había que despedirse, no había otro remedio. Era una despedida, quizás, para siempre, una despedida dolorosa, un adiós, quizás, hasta la eternidad.
Francisco inmortalizó esta despedida con la cámara de video.
El regreso fue más suave y aunque yo estaba cansado, me encontraba satisfecho en lo más profundo de mi vanidad: después de 50 años, había vuelto al prado añorado y lo había hecho con dignidad.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Paseo por el parque
Un paseo por el parque (15 de diciembre de 2010)
Serían las trece horas del día 15 de diciembre del año 2010, cuando, bien arropado,salgo de mi casa para dar un paseo por el parque de la Alcazaba (Madrid). . La mañana amaneció muy brillante y fría. El día está despejado; el cielo, liso como un cristal azul, luce intenso, limpio y puro. No se ve ninguna nubecilla en todo el firmamento: es un día radiante, claro y soleado; pero, el termómetro marca tres grados y yo siento en mi cara la caricia fría de la brisa.
Contemplo los árboles urbanos del parque; en primer lugar, la silueta de los desnudos chopos cuyas ramas se mecen suaves al empuje de la ligera brisa; hasta hace unos pocos días, aún estaban vestidos con hojas de intenso color amarillo; pero, ahora, enjaulados, quizás añorando la remota selva, donde viven sus hermanos en plena libertad, miran desnudos, como esqueletos, al cielo, esperando tiempos mejores para volver a vestirse con sus mejores galas. Todo parece ya invernal: estamos viviendo los últimos días del otoño y los principios del invierno.
En el fondo, en segundo plano, los pinos y los abetos, vestidos con sus hojas de color verde azul, finas como agujas, contrastan con los desvestidos chopos: pertenecen a la familia de los árboles llamados de hoja perenne.
La pradera, con el radiante sol, brilla con un verde intenso. Las sombras que proyectan los árboles contrastan con las luces. Hay mucha belleza en este trocito de la naturaleza. Los sentidos se emborrachan con estos estímulos y el ánimo se eleva y engrandece. La imaginación y la fantasía, libres como el viento, vuelan sin control, por ignotas regiones.
Un grupo de mujeres mayores, rollizas y corpulentas, con expresión de intenso cansancio, con gran esfuerzo y sacrificio, casi arrastrando los pies como si fueran de plomo, pasean por el parque. Con su rostro duro y pálido, arrugado como un pergamino, lleno de hondos surcos; con su triste mirada perdida en la lejanía, van en silencio, calladas como muertos, rezumando tristeza y melancolía. No conocen la prisa, ningún proyecto les urge: sólo pasan el tiempo y esperan, ayer como hoy y hoy como mañana... ¿Qué fue de su juventud, de su lozanía, de su tersa, blanca y fina piel, de sus ojos brillantes como perlas,de su caminar suelto, ligero y gracioso...? Todo se pasó como el rocio de los prados.
Los columpios que, normalmente, están llenos de niños que juegan, chillan, lloran, se pelean, se revuelcan en la arena, siempre bajo la atenta mirada de sus padres, hoy están vacíos, desiertos: parecen fantasmas en un mundo deshabitado.
La bandada de pájaros urbanos que, hasta hace unos pocos días, llenaban de vida y de ruidos el parque, con la entusiasmada y desordenada algarabía de sus cantos, hoy no están ni se les espera. El parque está sumido en una paz y silencio profundo: todo parece estar en suspenso, todo parece tener un cansancio y abandono infinito.
Las hojas, que hasta hace poco tiempo, se vestían de frescura, color y luz, meciéndose en los árboles, al impulso de la brisa; defendiéndonos de los incómodos rayos del sol, murmurando armoniosas sobre nuestras cabezas, bebiendo por todos sus poros el aire y la luz, ahora, amarillas y secas, perdida la suavidad y las formas, se arrastran y ruedan por la pradera. La fría brisa las levanta en un confuso torbellino; las arremolina alrededor de mis pies y las envuelve en una nube de polvo.
Los jardineros municipales, vestidos con su uniforme, con una cierta pachorra, barren y recogen, con sus rastrillos, las hojas muertas de la pradera. Otros, las transportan a su destino final…
Los plátanos del parque tienen aún pendientes algunas hojas muertas, pero ya por pocos días.
Al fondo, en el horizonte lejano, percibo, difusamente, la sierra de Guadarrama, con algunos restos de la nevada que, la pasada semana, cubrió completamente la sierra y las pistas de Valdesquí, Cotos y Guadarrama. Allí acudieron miles de madrileños a practicar su deporte favorito de invierno.
Yo recuerdo, con añoranza, los dichosos y felices días en que subía a la sierra a contemplar y andar por la nieve, asombrándome con los maravillosos paisajes, respirando el aire puro y gozando intensamente de la paz y del silencio, allí cerca del cielo.
Finalmente, cuando mi paseo se acercaba a su fin, veo las esbeltas y altas torres del Paseo de la Castellana que, orgullosas y desafiantes, parece que quieren alcanzar el cielo. Sin duda, estas torres tienen todo el aspecto de alojar en sus amplios y lujosos despachos gentes de mucho poder y dinero.
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