Las nueve serían de aquel venturoso día 24 de mayo de 2007, cuando,mi hermano Francisco y yo, salimos de la casa paterna de Mones, dispuestos a recorrer una aventura, digna de ser recordada en los tiempos venideros.
La mañana apareció brillante, soleada y radiante.
Con el coche, de gran cilindrada, de Francisco, cruzamos el pueblo; pasamos por Os Barredos, O Rouso, arroyo de Alhama y alto de Campelo. Aquí nos desviamos por la carretera que conduce a Santaolaia.
Desde a Rectoría, el itinerario es muy pintoresco y presenta cerradísimas curvas .La carretera asciende serpenteando, a veces, entre frondosos pinares, a veces, entre montes poblados de urces, carqueixas, queirugas y carpazos. El coche, conducido magistralmente por Francisco, sube, lentamente, por la estrecha carretera, para que así podamos contemplar las maravillas del paisaje.
Desde O Couto, la vista es aérea y magnifica. Desde aquí, se domina todo el valle de A Rúa y Petín, por cuyo fondo corre el río Sil que reposa en el embalse de San Martín que, desde aquí, luce, allá a bajo, plateado, como un cristalazul. Desde este lugar, también, se disfruta de amplísimas perspectivas y lejanos horizontes y de los pequeños y típicos pueblos serranos que salpican las faldas de las montañas y de los valles, que desde aquí se divisan.
Abro un poco la ventana del coche; el sol entra a raudales por el cristal, a borbotones lo hace la naturaleza y un hilo de viento que tiene un frescor de hierbas aromáticas. Respirar esta pequeña brisa, cargada de ligeros perfumes que pasa sobre la piel de nuestras caras, de una manera tan tierna y suave; esta pequeña brisa en la que flotan ingrávidos perfumes de la tierra, de los arbustos floridos y de los pinos, es una de las cosas más finas y agradables de que se puede disfrutar.
Llegados O Altos das Seixas, dejamos el coche. De aquí, sale una pista forestal que, pasando por Os Chaos, Cabeza do Pao, Campelños, Pradeira das Cuatro Puntas, O Pradiño y Pena Forcada, conduce hasta A Portela do Balado, en la carretera que va de O Barco hasta A Veiga.
Por la faz de la ancha y espaciosa montaña, empezamos a caminar sobre la árida y polvorienta pista forestal que corre muy cerca del antiguo, y ya poco conocido, camino de carros. El camino está desierto: nadie sube, ni baja por él. Del monte nos llega un vasto y dilatado silencio. Allí reina la eterna soledad y el eterno silencio: todo era apacible, ligero y aéreo. La montaña, que, desde la lejanía presenta tonalidades azulado- verdosas, está crecida. Con sus aires puros, sus efluvios vegetales, su olor a tierra, su vegetación balsámica de urces, carqueixas y queirugas, que se mecen suavemente, a la ligera brisa de la mañana, olía, casi mareaba respirarla, con un olor profundo, penetrante, casi hiriente. ¡ Qué vello es el campo de esta vendita tierra nuestra!.
Francisco, mi hermano, hombre soñador, prudente, excelente sentido común y no escasa perspicacia, con una luminosa inteligencia y una tenacidad admirable, con su traje y zapatillas de deporte, más que caminar, por aquella pista, corría como un galgo o como un conejo perseguido. Yo, en cambio, con mi vestimenta ordinaria, metido en carnes y años, arrastraba los pies que me pesaban como el plomo; pero no me falta la voluntad de hierro, capaz de mover montañas con tal de conquistar el objetivo fijado: llegar al prado de Filgueiras.
Francisco no se cansaba de sacar fotos. Quería capturar, con su cámara, no sólo lo físico de aquel maravilloso escenario, sino que se afanaba por captar el espíritu, el alma, el sentido profundo de aquellos parajes.
Yo también sacaba fotos, pero, en aquella hora y en aquel lugar, mi mente era un torbellino. Pensamientos, sentimientos y recuerdos de mi infancia vividos allí, que parecían dormir el sueño de la eternidad, acudían vivos a mi memoria,como un ciclón imposible de contener. El pasado se me hacía presente, con tal fuerza, viveza y frescura que parecía auténtico presente. Supongo que mi hermano vivía una experiencia semejante. Y es que por estos parajes , en mi infancia, fui pastor del rebaño comunal y hasta, en plena cumbre de la montaña, en compañía de otras pastoras, sentí los primeros amores adolescentes; viajando por estos caminos, de día y de noche, dormido, unas veces, tiritando de frío o abrasado por el calor, otras, fui con mi padre y hermano mayor a por urces y torgos a los montes de Santaolaia. En aquellos lejanos tiempos, en Os Chaos, rozamos queirugas, carqueixas y carpazos para el cubil del ganado; por aquí transitábamos con los carros cargados de hierba del prado de Figueiras o de torgos y urces, arrancados a los montes. También otros vecinos iban con sus carros por torgos y urces. La caravana de carros, cargados de leña, cantaban con una música casi divina que se difundía por aquellos montes y vaguadas hasta llegar al pueblo. Yo estaba fascinado, reviviendo aquellas experiencis de mi infancia.
Mi hermano, Francisco y yo, decidimos hacer un alto en el camino para sacar fotografías y, a la vez, contemplar el panorama. Toda la montaña estaba cubierta de urces, pinos, queirugas y carqueixas. Experimentamos las mismas vistas, los mismos perfumes, las mismas brisas, la misma paz y silencio que ya habíamos vivido anteriormente.
Unas grandes masas arbóreas de elegante pompa destacaban en el paisaje: eran los abedules, álamos y cerezos de Fonte Salgueira y A Cafiel, lugares donde antaño abrevaban, en sus fuentes de frescas aguas , los rebaños y los pastores que los cuidábamos
Hacia el este, en el horizonte, contemplamos las antenas de televisión de O Mouzón que se elevaban al cielo azulado. Hasta aquí, llegábamos,antaño, con los rebaños para recoger y comer los arándanos que habitaban por estos parajes. Debajo mismo de nuestros pies, por las mismas entrañas de la tierra, circula el agua que desde el río Jares ( Xares), embalse de Santa Eulalia, un canal transporta hasta el Sil, a la altura de Valencia do Sil. Al sur, observamos las pistas forestales y cortafuegos que se hicieron para, si fuera el caso, luchar contra el fuego y evitar así, la destrucción de la repoblación forestal, realizada en años pasados. Mi hermano comenta que, hace poco tiempo, subió, él solo, por el cortafuegos que teníamos delante, hasta la Fraga Cantariña.
Llegamos al lugar llamado “ Pradeira das Cuatro Puntas”,uno de los lugares más intensamente bellos, completamente cubierto de urces frescas y frondosos pinares. Aquí hay una encrucijada de caminos: uno va hacía Correxais y O Barco; otro, hacia Pena Forcada; éste, hacia Mones; aquél, hacia Santaolaia.
Hacia la vertiente sur, en lontananza, se contempla un laberinto de montañas, de un perfil suavísimo, tocadas por un azul verdoso amoratado, con infinitos matices, que se extiende hasta Peña Trevinca, más allá de A Veiga. Más cerca, en el fondo del verde monte, se vemos el pueblo, semiabandonado, de Santaolaia.
Si miramos a la vertiente norte, la fosa de Valdeorras se presenta profunda y majestuosa . Si miramos hacia el cielo azul, observamos las águilas y gavilanes que reinan , planean y señorean los cielos de estos parajes.
Aquí, en este monte, donde reina la paz y el eterno silencio, el aire me parecía más puro y el cielo más azul. Yo caminaba con más fuerza y respiraba con más libertad.
Este escenario me invitaba a elevar un canto de alabanza al cielo, a la montaña, a las rocas sin vida, y a gozar, con plena libertad, de la vida; disfrutar de la aventura que estábamos viviendo. En este entorno embalsamado, el alma, libre, se siente más cerca del cielo y se remonta airosa hasta un reino lleno de luz, donde sólo reina el amor.
Finalmente, decidimos bajar al prado de Filgueiras; el camino estaba bastante transitable; al pasar por un frondoso pinar, un enjambre de molestas moscas nos mortificaba. Por fin, llegamos al prado de Filgueiras y, al contemplarlo, una tierna y dulce congoja me subía del pecho y me oprimía suavemente la garganta.
No era para menos: desde hacía 50 años, había estado añorando volver a aquel prado, en el que viví sucesos muy relevantes en mi vida juvenil y, ahora, por fin, estaba allí.
Una tromba de pensamientos tumultuosos, que pasaban por mi cabeza cono nube de tronada, traían a mi memoria lo que fue, aquí, mi vida intensa en el pasado. La alegría me inundaba el corazón aquella mañana de aquel fresco día 24 de agosto.
¡ Qué sensación , qué maravilla! ¡ Qué fascinación embargaba mi alma!
Absorto en estos pensamientos que dormían el sueño de la eternidad en mi subconsciente, activé los archivos de mi memoria, los afloré a la superficie y, entonces, recordé los duros días de trabajo de labranza y “ seitura”, siega del centeno, de A Buraca y otras muchas tierras que teníamos en el entorno; recordé las múltiples veces que a la sombra de un “escambrueiro”, espino albar, almorzamos en tiempos de “ seitura” para mitigar, un poco, un sol de justicia que, a esas horas, literalmente abrasaba;recordé las infinitas veces que bebí el agua, fresca como el hielo, del manantial de la poza del prado, recordé las innumerables veces que pastoreé allí el ganado; el suceso vivido con un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara cabreada que por un milagro del cielo no llegó a cornearme y acabar con mi vida; el accidente que tuve en el prado rozando estrado, cortándome dos dedos de la mano izquierda hasta dañar los huesos, y cuyas señales, bien definidas, las llevo hasta la sepultura; y tantos otros sucesos que relato en mi libro“ Toño”.
Mi hermano Francisco y yo, no nos cansábamos de sacar fotografías: del prado, de los entornos, de la poza, poblada de pequeñas hierbas acuáticas y semillena de aguas puras en las que se reflejaba el cielo azul con una nitidez extraordinaria y donde los renacuajos vivían en plena libertad. Queríamos llevar con nosotros lo físico de aquel lugar y hasta el espíritu del prado y de nuestras vivencias allí encarnadas.
El reloj corría y corría, mucho más de lo que deseábamos, ¿ porqué no se pararía? Había que despedirse, no había otro remedio. Era una despedida, quizás, para siempre, una despedida dolorosa, un adiós, quizás, hasta la eternidad.
Francisco inmortalizó esta despedida con la cámara de video.
El regreso fue más suave y aunque yo estaba cansado, me encontraba satisfecho en lo más profundo de mi vanidad: después de 50 años, había vuelto al prado añorado y lo había hecho con dignidad.
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