domingo, 19 de diciembre de 2010

Paseo por el parque

Un paseo por el parque (15 de diciembre de 2010)



Serían las trece horas del día 15 de diciembre del año 2010, cuando, bien arropado,salgo de mi casa para dar un paseo por el parque de la Alcazaba (Madrid). . La mañana amaneció muy brillante y fría. El día está despejado; el cielo, liso como un cristal azul, luce intenso, limpio y puro. No se ve ninguna nubecilla en todo el firmamento: es un día radiante, claro y soleado; pero, el termómetro marca tres grados y yo siento en mi cara la caricia fría de la brisa.
Contemplo los árboles urbanos del parque; en primer lugar, la silueta de los desnudos chopos cuyas ramas se mecen suaves al empuje de la ligera brisa; hasta hace unos pocos días, aún estaban vestidos con hojas de intenso color amarillo; pero, ahora, enjaulados, quizás añorando la remota selva, donde viven sus hermanos en plena libertad, miran desnudos, como esqueletos, al cielo, esperando tiempos mejores para volver a vestirse con sus mejores galas. Todo parece ya invernal: estamos viviendo los últimos días del otoño y los principios del invierno.
En el fondo, en segundo plano, los pinos y los abetos, vestidos con sus hojas de color verde azul, finas como agujas, contrastan con los desvestidos chopos: pertenecen a la familia de los árboles llamados de hoja perenne.
La pradera, con el radiante sol, brilla con un verde intenso. Las sombras que proyectan los árboles contrastan con las luces. Hay mucha belleza en este trocito de la naturaleza. Los sentidos se emborrachan con estos estímulos y el ánimo se eleva y engrandece. La imaginación y la fantasía, libres como el viento, vuelan sin control, por ignotas regiones.



Un grupo de mujeres mayores, rollizas y corpulentas, con expresión de intenso cansancio, con gran esfuerzo y sacrificio, casi arrastrando los pies como si fueran de plomo, pasean por el parque. Con su rostro duro y pálido, arrugado como un pergamino, lleno de hondos surcos; con su triste mirada perdida en la lejanía, van en silencio, calladas como muertos, rezumando tristeza y melancolía. No conocen la prisa, ningún proyecto les urge: sólo pasan el tiempo y esperan, ayer como hoy y hoy como mañana... ¿Qué fue de su juventud, de su lozanía, de su tersa, blanca y fina piel, de sus ojos brillantes como perlas,de su caminar suelto, ligero y gracioso...? Todo se pasó como el rocio de los prados.



Los columpios que, normalmente, están llenos de niños que juegan, chillan, lloran, se pelean, se revuelcan en la arena, siempre bajo la atenta mirada de sus padres, hoy están vacíos, desiertos: parecen fantasmas en un mundo deshabitado.

La bandada de pájaros urbanos que, hasta hace unos pocos días, llenaban de vida y de ruidos el parque, con la entusiasmada y desordenada algarabía de sus cantos, hoy no están ni se les espera. El parque está sumido en una paz y silencio profundo: todo parece estar en suspenso, todo parece tener un cansancio y abandono infinito.



Las hojas, que hasta hace poco tiempo, se vestían de frescura, color y luz, meciéndose en los árboles, al impulso de la brisa; defendiéndonos de los incómodos rayos del sol, murmurando armoniosas sobre nuestras cabezas, bebiendo por todos sus poros el aire y la luz, ahora, amarillas y secas, perdida la suavidad y las formas, se arrastran y ruedan por la pradera. La fría brisa las levanta en un confuso torbellino; las arremolina alrededor de mis pies y las envuelve en una nube de polvo.






Los jardineros municipales, vestidos con su uniforme, con una cierta pachorra, barren y recogen, con sus rastrillos, las hojas muertas de la pradera. Otros, las transportan a su destino final…




Los plátanos del parque tienen aún pendientes algunas hojas muertas, pero ya por pocos días.



Al fondo, en el horizonte lejano, percibo, difusamente, la sierra de Guadarrama, con algunos restos de la nevada que, la pasada semana, cubrió completamente la sierra y las pistas de Valdesquí, Cotos y Guadarrama. Allí acudieron miles de madrileños a practicar su deporte favorito de invierno.
Yo recuerdo, con añoranza, los dichosos y felices días en que subía a la sierra a contemplar y andar por la nieve, asombrándome con los maravillosos paisajes, respirando el aire puro y gozando intensamente de la paz y del silencio, allí cerca del cielo.



Finalmente, cuando mi paseo se acercaba a su fin, veo las esbeltas y altas torres del Paseo de la Castellana que, orgullosas y desafiantes, parece que quieren alcanzar el cielo. Sin duda, estas torres tienen todo el aspecto de alojar en sus amplios y lujosos despachos gentes de mucho poder y dinero.

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